Amena y brillante
reflexión de de Prada sobre el uso por el poder político de Internet y de otros medios de
comunicación, como medio de control, tomando como base el caso EdwardSnowden. De Prada introduce aspectos como el de que la tecnología “abrevia
nuestras decisiones morales” en el sentido de que nos impulsa y facilita
actuaciones que en otras circunstancias no llevaríamos a cabo por razones
morales o de precaución, como puede serlo el descargar una película o el de tomar represalias contra alguien. Insiste en
la ingenuidad de pensar que el poder
político se circunscribe a un uso de la tecnología sometido a razones
aceptables para la ciudadanía.
Espiados
Incomprensiblemente,
han causado gran escándalo las 'revelaciones' de un rebotado de la CIA, Edward
Snowden, en las que afirmaba que la Agencia de Seguridad estadounidense posee
dos programas secretos de espionaje de llamadas telefónicas y navegación por
Internet. ¿De veras quedaba en el mundo algún iluso que ignorase la existencia
de tales programas? El presidente Obama ha declarado que solo se emplean para
prevenir ataques terroristas y actividades que afecten a la seguridad; y que en
modo alguno se utilizan para entrometerse en las comunicaciones personales de
los ciudadanos. Declaraciones que contradicen lo que Snowden había afirmado:
«Sentado en mi escritorio, yo tenía facultades para acceder al teléfono de
cualquiera: al de usted, al de un juez federal e, incluso, al del presidente si
recibía un correo electrónico personal».
En
realidad, las declaraciones de Snowden son perogrulladas archisabidas. Si
existe un programa que puede espiar conversaciones telefónicas o navegaciones
por Internet, el uso que de él se haga dependerá de las intenciones que muevan
a sus programadores. En algún artículo anterior hemos señalado que la
tecnología 'abrevia' nuestras decisiones morales, hasta tornarlas banales. Si
mañana nos invitasen a degollar a ese jefe de personal que nos hace
constantemente la puñeta, a esa suegra empeñada en amargarnos la vida, a ese
individuo que nos robó la novia o impidió nuestra promoción, arrostrando las
consecuencias del degüello, seguramente casi todos rechazaríamos la invitación.
Pero si nos invitasen a pulsar una tecla de nuestro ordenador o a presionar un
icono de la pantalla táctil de nuestra tableta, asegurándonos que instantáneamente
tales sujetos serán reducidos a fosfatina, no quedando además vestigio alguno
de nuestro acto, sospecho que mucha menos gente rechazaría la invitación. Hemos
puesto un ejemplo truculento (el más truculento que se nos ha ocurrido, en
realidad), conscientes de su inverosimilitud. Pero en nuestra relación con la
tecnología constantemente 'abreviamos' nuestras decisiones morales: lo hacemos,
por ejemplo, cuando descargamos una película que acaba de estrenarse en los
cines; si nos invitaran a recoger una copia pirata de tal película en un
almacén de las afueras regentado por una banda de facinerosos chiquitistaníes
no lo haríamos tan alegremente.
Si
la tecnología 'abrevia' las decisiones morales de quienes solo somos sus
usuarios mostrencos, ¿por qué no habría de 'abreviar' las de quienes tienen su
control omnímodo? ¿Acaso están fabricados de una pasta distinta a la nuestra?
¿No forman parte de la misma massa perditionis que nosotros? Nunca olvidaré lo
que me dijo un amigo, ingeniero de Telecomunicaciones, cuando me aliñó mi
conexión a Internet: «Nunca se ha inventado un procedimiento tan fácil ni tan
barato para tener a la gente controlada». Sabemos que existen ingenios
informáticos que registran al dedillo nuestras navegaciones por Internet.
Nuestra Guardia Civil, sin ir más lejos, los emplea cotidianamente para
rastrear el intercambio de pornografía infantil en la Red; pero igualmente
pueden utilizarse para rastrear la afición filatélica o la devoción a san
Antonio de Padua. Pensar que tales ingenios solo son empleados para perseguir
determinados delitos es tanto como ignorar la condición humana. Si Adán y Eva
fueron a comer el fruto del único árbol que les había sido vedado, ¿por qué
quienes tienen el control omnímodo de estos ingenios habrían de abstenerse de
fisgonear donde les pete? ¿Porque se lo veda no sé qué reglamento o código
deontológico? Risum teneatis.
Y,
a la inversa, si existen tales ingenios, ¿por qué no se utilizan para perseguir
conductas claramente lesivas, tales como la piratería o la propalación de
calumnias e injurias en Internet, amparadas en el anonimato? Pues por la
sencilla razón de que no les interesa a quienes manejan el cotarro. Porque
saben que la persecución y castigo de tales trapisondas, que se lograría de
forma sencillísima programando los ingenios que controlan para su detección,
provocaría tal revuelo de dimensiones planetarias que el mundo que ahora
manejan a su antojo se tornaría ingobernable. Y, a cambio de dejarnos hacer
esas trapisondas, tan beneficiosas para sus fines (que, básicamente, consisten
en tener a la gente pacificada mediante el suministro de entretenimiento
gratuito y la garantía del desahogo impune), pueden fiscalizarnos cuanto les dé
la gana en todo lo demás. ¿De veras queda en el mundo algún iluso que lo
ignore?
www.xlsemanal.com/prada
23.6.13 XL
Semanal Juan Manuel de Prada
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