18/6/16

Shostakóvich y el miedo. Sinfonía No. 5

ESCRIBIR LA MÚSICA DEL MIEDO

La «Quinta» de Shostakóvich, su enmienda ante el régimen soviético

La policía siempre llegaba por la noche. Sacaba al sospechoso de la cama y se lo llevaba. Al día siguiente, era como si éste no hubiese existido nunca. Nadie volvía a hablar de él en público, ni siquiera sus familiares. A principios de 1936, Shostakóvich aguardaba todas las noches la llegada de la policía. La esperaba en el rellano de su piso con la maleta en la mano. Era un hombre tímido, reservado: quería ahorrarse la vergüenza de ser sacado en pijama. Quién lo habría imaginado. Él que había saludado con entusiasmo la revolución y era uno de los compositores más destacados de la Unión Soviética. Su última ópera, Lady Macbeth de Mtsensk, había sido un éxito rotundo en su patria y en el extranjero. El propio Stalin había ido a verla, aunque ahí habían empezado los problemas. El 28 de enero de 1936, un artículo en el Pravda cargaba ferozmente contra la ópera. Bajo el título de «Caos en lugar de música», el anónimo autor se recreaba en frases como «Todo es grosero, primitivo y vulgar. La música gruñe, retumba, resopla y jadea». En aquellos tiempos, una reprobación oficial de semejante calado era casi una condena a muerte.

Pero la policía no llegó. Lo que Shostakóvich hizo fue cancelar el estreno inminente de su cuarta sinfonía y escribir otra más acorde con las directrices del régimen. La Quinta implicaba una retractación en toda regla: era una partitura de arquitectura clásica, discurso lineal, tono solemne y desenlace optimista. La tonalidad estaba sólidamente anclada y las disonancias eran manejadas con cautela. La acogida fue excelente, y aunque los resbalones de la Sexta y de la Octava volverían a darle quebraderos de cabeza al compositor, lo peor había pasado.

Mucho se ha discutido sobre el cambio de rumbo que supone la Quinta en la trayectoria de Shostakóvich. Sin embargo, juzgar o interpretar las intenciones del artista ( ¿cobarde?, ¿disidente encubierto?, ¿oportunista?) no es el nudo de la cuestión. Hay en esta sinfonía algo más profundo e inequívoco, que permanecerá a partir de ahora en la obra de Shostakóvich: el miedo. Escucho los compases iniciales de la Quinta y su postizo triunfo final: son representaciones sonoras del miedo. El «Adagio» de la Octava o el «Moderato» de la Décima también son hijos de ese miedo resignado, opaco, atenazador. La ironía estridente que impregna muchas piezas de Shostakóvich es el reverso de este sentir: es la risa nerviosa con la que el temeroso intenta ahuyentar sus fantasmas.

Nadie ha superado a Shostakóvich en la representación del miedo que infunden el totalitarismo y la muerte. Uno lo entiende mejor tras ver la maravillosa película de La vida de

los otros. Cuando el gesto o la afirmación más inocente pueden llevarte a la cárcel, cuando cualquiera puede ser tu delator (un vecino, un paseante, incluso un familiar), el desamparo es absoluto. Entonces el Poder deja de ser algo concreto y se vuelve una presencia difusa, impalpable, ubicua. En cierto sentido, el Poder desaparece y sólo queda el miedo, nada más que el miedo. Por eso la policía llegaba por la noche. Igual que las pesadillas.

4 jun. 2016  Cultural   STEFANO RUSSOMANNO

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