7/6/16

La socialdemocracia como pretexto



ALEMANIA-ESPAÑA 1945-2016
A las seis de la mañana del 30 de abril de 1945, un autobús recoge a un grupo de personas en el hotel Lux de Moscú. Apenas hablan entre sí y por las miradas interrogativas que cruzan se deduce que no conocen a dónde les lleva, hasta que entran en el aeropuerto.
Allí les espera un «Douglas» norteamericano, que abordan, ya sin poder reprimir su excitación. Sólo uno de ellos, un hombre de mediana edad, parco de gestos y mirada fría, se mantiene indiferente, tal vez por ser el único que conoce el destino y propósito de la misión. Es Walter Ulbricht, de 51 años, nacido en Leipzig, carpintero de oficio, diputado comunista en el Reichstag antes de que ardiera. Huyó a Francia y España, donde colaboró en la eliminación de los combatientes antiestalinistas, para terminar refugiándose en Moscú. El más joven del grupo era Wolfgang Leonhard, 23 años, hijo de comunistas alemanes que pudieron escapar antes de que los nazis los enviaran a un campo de concentración y muy posiblemente a la muerte. Ha estudiado en la Academia de líderes del partido y habla ruso casi mejor que el alemán. De su libro Die Revolution entlässt ihre Kinder (La revolución despide a sus hijos), tomamos estas notas. El avión aterriza en un aeródromo próximo a la antigua frontera germano-polaca. Desde allí, en camión, a Berlín. Es cuando un oficial les informa: «Ustedes son los miembros del nuevo Gobierno alemán».
Claro que la primera visita es el mariscal Sukows, comandante de la plaza, que está encantado de verlos y traspasarles la administración de aquel cementerio de ruinas en que se había convertido la excapital del Tercer Reich, donde faltaba agua, luz, carbón, medicinas, alimentos, todo. Ulbricht se los lleva luego al local que les han señalado como cuartel general, asigna a cada uno el barrio que van a administrar y da las primeras consignas para su labor: «Mucho cuidado al nombrar alcaldes y concejales. En los barrios obreros deben ser obreros, preferentemente socialdemócratas; en los barrios burgueses, burgueses, profesionales, conocidos por su ideario liberal, profesores, abogados, y si tienen un doctorado, mejor». Es como los veinte barrios de Berlín sólo tienen dos alcaldes comunistas tras haber sido ocupada por las tropas soviéticas. Ahora bien, Ulbricht añade un detalle importante: «En todas las alcaldías, el primer teniente de alcalde, el concejal para personal, el de educación y el encargado de la Policía tienen que ser comunistas». Ante las miradas de asombro de su grupo, el futuro presidente de la República Democrática Alemana lo resume en una frase lapidaria: «La cosa está clara. Debe parecer democrático, pero nosotros debemos tener los hilos de todo». En qué acabó aquello lo conocen ustedes: en el famoso Muro.
Me gustaría contarles algunas de las situaciones que acontecieron a continuación, hilarantes algunas, tristes otras, pero entonces no me quedaría espacio para explicar por qué traigo aquí, 71 años después, esta vieja historia.
Me la ha traído a la memoria la entrevista que en «La mañana», de TVE, han hecho a Pablo Iglesias. Había coincidido con él hace un par de años en una animada tertulia televisiva, y no había forma de reconocerle. Entonces era todo indignación, ira, sarcasmo, cólera. Me recordó the angry young men, los jóvenes furiosos que conocí en Estados Unidos durante los años sesenta del pasado siglo, dispuestos a no dejar ni rastro del capitalismo, de sus secuaces y esclavos. Incluso en su apariencia los imitaba, así como los topicazos de su discurso. «Neobolchevismo», me dije. Lo que me sorprendió fue que, cuando lo dije en voz alta, muchos se sorprendieron, ya que para ellos lo que decía Pablo Iglesias sonaba a novedoso e incluso atractivo. Claro que no habían vivido, como yo, nueve años con el comunismo al lado.
Pero el Pablo Iglesias del otro día en «La mañana» nada tenía que ver con aquel, con el de la «guillotina como instrumento democrático», con el de las «bofetadas a los fascistas», con el de los «asaltos al cielo». Esta vez todo eran sonrisas y manos tendidas a un lado y otro. Irreconocible, vamos. Pero lo que ya me dejó turulato fue oírle alabar la socialdemocracia, considerada por los comunistas como traidora de la clase obrera y servidora del capitalismo, con el estrambote de que, al preguntarle por su modelo de régimen, se olvidó del venezolano y señaló a los escandinavos, citándolos por el nombre: «Suecia, Noruega, Dinamarca». Yo, si fuese Maduro, le exigía devolver el dinero que entregó a la fundación de la que nació Podemos. Una conversión así no se ha visto desde que san Pablo se cayó del caballo.
Como este tipo de milagros no suelen ocurrir, sobre todo en política, es lícito pensar que estamos ante una retirada estratégica de cara a las próximas elecciones. Lo avala que hayan recomendado a sus socios de Izquierda Unida que no acudan a sus mítines y manifestaciones con símbolos tan ostentosos como banderas rojas con la hoz y el martillo, y ellos mismos se pongan la rojigualda en la solapa en los actos públicos. Si la «conversión» fuera sincera, alardearían de ella y pondrían verde a su anterior ideología como suelen hacer los conversos de verdad. Ellos sólo temen que los españoles que les votaron el 20-D movidos por la rabia que les producía tanta corrupción, por un lado, y tantos recortes, por el otro, se detengan a pensar qué significaría un régimen bajo la bandera roja con la hoz y el martillo, y se echen atrás. Pues con las cosas de comer no se juega, y comida no hay mucha en los «paraísos del proletariado». Libertad, todavía menos.
Está, además, la experiencia acumulada desde la caída del Muro de Berlín. Aunque nadie aprende en cabeza ajena, quien más quien menos sabe lo que ocurría detrás de él, como lo que ocurre en Venezuela. Los comunistas son expertos en propaganda. Cuando están en la oposición nadie les gana en la defensa de las libertades, respeto a los derechos civiles y clamores de igualdad de todos los ciudadanos. Pero, una vez que se instalan en el poder, lo primero que hacen es meter en un arca todas esas chorradas burguesas y establecer su «democracia popular», que ni es del pueblo ni es democracia.
Ha sido, como les decía, ver y oír a Pablo Iglesias con el disfraz socialdemócrata lo que trajo a mi memoria el libro de Wolfgang Leonhard y su llegada a Berlín con el grupo Ulbricht, hace tres cuartos de siglo. Lo encontré, amable, fiel, silencioso, baqueteado por las idas y venidas, en una de las últimas estanterías, como un viejo amigo. Incluso tenía subrayado el lance descrito. Lo he dejado a mano, pues me apetece releerlo en su integridad. Puede que sea actual en la España de nuestros días.
Ya sólo me queda advertir que el miembro más joven del grupo Ulbricht, con una brillante carrera política ante sí, cuatro años después, la abandonaba aprovechando un viaje a Belgrado, para convertirse en uno de los más respetados «kreminólogos» en el Oeste hasta su muerte, ocurrida no ha mucho.
7 jun. 2016   ABC  JOSÉ MARÍA CARRASCAL

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