13/6/16

Inteligencia compleja y compartida. Frans de Waal



INTELIGENCIA COMPLEJA Y COMPARTIDA
Los primates siguen estrategias políticas, se reconcilian tras una pelea, sienten empatía. Son las conclusiones de Frans de Waal en su último ensayo, donde analiza la convergencia y analogía entre distintas especies. La inteligencia humana no es única

La pregunta que se hace el primatólogo Frans de Waal ( Hertogenbosch, Países Bajos, 1948) acerca de si somos suficientemente inteligentes para entender la inteligencia de los animales está lejos de ser banal, aunque la mayoría de las personas la respondería afirmativamente, añadiendo los más cautos que lo que llamamos inteligencia en el mundo animal debería adoptar otro nombre. En realidad, tenemos grandes dificultades para entender la inteligencia animal (habría que añadir: y vegetal), no tanto por limitaciones intelectivas como por los prejuicios que merman nuestra capacidad.
A semejanza de Dios
Me atrevo a afirmar que apenas hemos asumido, a nivel social, lo que significa el gran descubrimiento darwiniano de la evolución (ley) como selección natural (proceso). Por un lado ha contribuido la herencia judeocristina, que conceptúa al hombre como excepción de la especie, el único animal que tiene alma, hecho a semejanza de Dios, mientras que la Naturaleza y el mundo animal están en otro orden, sin duda inferior, en una circularidad instintiva. Por otro lado, el hecho mismo de que seamos la especie que piensa sobre sí misma y sobre el resto de las cosas de manera especulativa, nos hace percibirnos de manera endiosada o monstruosa: únicos. En cuanto a las ideologías, no olvidemos que el marxismo (y no sólo él) pensó que el hombre es esencialmente histórico: somos una tabla rasa en la que la sociedad imprime sus caracteres. De nuevo: separación del mundo vegetal y animal.
Los trabajos de Frans de Waal son minuciosos y, hasta donde puedo saber, de un notable rigor e inteligencia analítica, muy lejos de los prejuicios de algunos estudiosos de la inteligencia humana y animal. Hay genetistas, como Francisco J. Ayala, que evitan siquiera citar a De Waal, a pesar de que Ayala es un biólogo darwinista, creyente, pero muy respetuoso con el pensamiento científico.
Insisto en que no es fácil, porque por razones variadas, entre ellas las aquí señaladas, nos es difícil aceptar dos cosas: una, que nuestra inteligencia es producto de la característica de lo vivo para responder al medio, de minuciosas adaptaciones que han sido seleccionadas, y que también lo son, de manera mucho menos determinista, por la cultura (transmisión social); y dos: que nuestra sin duda singular inteligencia, por su capacidad, características y logros, no es radicalmente excepcional, y se da, en alguna medida, así sea mínima, en todo el mundo animal, pero destacadamente entre los mamíferos (terrestres y acuáticos) y algunas especies de aves.
No somos máquinas
En La edad de la empatía, De Waal ya afirmaba, respecto a este sentimiento, que «es una capacidad relacionada desde hace mucho con el mimetismo motriz y el contagio emocional, a lo que la evolución fue añadiendo una capa tras otra, hasta que nuestros ancestros no sólo sintieron lo que otros sentían, sino que comprendieron lo que otros podían querer o necesitar » . Y hay que tener en cuenta que la empatía involucra áreas cerebrales que tienen millones de años de antigüedad. «Nuestros» sentimientos no sólo tienen una historia social, sino fisiológica, inconsciente, sin que por ello tengamos que pensar que somos máquinas, como Descartes pensaba que lo eran los animales…
El nunca del todo suficientemente valorado Charles Darwin ya dijo que la diferencia entre nuestra inteligencia y la del mundo animal era de grado, no de especie. De Waal sigue la aseveración de Darwin: cuando habla de inteligencia, respecto a cualquier especie –pero sobre todo la de los primates, centro de sus investigaciones–, no se refiere a categorías separadas, sino a «variación dentro de una categoría única». Esta posición se apoya en que los dualismos cuerpo-mente, humano-animal o racional-emocional, aunque a veces puedan tener alguna utilidad, deforman gravemente la visión general y más real de la vida.
Es importante saber qué piensa nuestro biólogo acerca de la cognición y la inteligencia: la primera es «la transformación mental de la información sensorial en conocimiento del entorno, y la aplicación flexible del mismo», mientras que «la inteligencia se refiere más a la capacidad de aplicarlo con éxito».
De Waal ha sido descalificado muchas veces, pero no es fácil refutarlo. Cuando lo leemos, podemos pensar que «los primates siguen estrategias políticas, se reconcilian tras las peleas, tienen empatías o comprenden su entorno social». Pero es que además De Waal ha sugerido la existencia de conciencia, lengua y visión de futuro fuera de la especie humana.
Ya lo dijo Hume
Nuestro biólogo parte de que cada especie tiene una historia evolutiva distinta, así que ninguna puede servir de modelo para las demás, pero sí hay convergencia y analogía. Nos cuesta aceptar que somos «antropoides modificados», aunque no le costó, más de cien años antes que Darwin, a un maravilloso filósofo, David Hume, que afirmó que «las bestias están dotadas de pensamiento y razón, igual que los hombres». No es que hubiera hablado con alguna de ellas; había observado las semejanzas entre las acciones externas de los animales y las que efectuamos nosotros.
Es lo mismo que hace De Waal: no trata de descubrir lo que piensan los animales, sino de demostrar procesos mentales propuestos mediante la observación. Si a usted se le ocurre pensar que ningún primate ha concebido una obra musical como la de Bach o una teoría como la cuántica, está errando, porque tampoco nosotros podemos hacer cálculos o resolver ciertos desafíos que llevan a cabo otros animales (o el mundo vegetal, según Mancuso). Y además olvida que usted tampoco lo hace, y no por ello deja de considerarse inteligente, porque participa de grado, no de especie, en el fenómeno de la inteligencia.
El desafío está, según el primatólogo holandés, en «centrarnos en los procesos que subyacen tras las capacidades superiores, que a menudo dependen de una amplia variedad de mecanismos cognitivos, algunos de los cuales podrían ser compartidos por muchas especies, mientras que otros podrían ser más restringidos».
¿Poca cosa?
Deducir, concluyo por mi cuenta y riesgo, que porque compartimos con el mundo animal eso que creíamos sólo nuestro (el alma, la inteligencia, las emociones), somos poca cosa, sería un error asistido por un narcisismo de corte teológico (que no religioso). Que nuestra sociabilidad, complejos sentimientos, inteligencia, capacidad creativa... formen parte, de alguna manera, del mundo natural, no hace sino ampliar la belleza y complejidad de lo vivo, y de insertarnos no en una idea (Dios o la Historia) o una fórmula, sino en la corriente irreductible y asombrosa del mundo.
11 jun. 2016    JUAN MALPARTIDA   ABC Cultural

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