De Prada basándose en
las opiniones del experto en cibernética, Kevin Warwick, reflexiona sobre las
ideas que se han mantenido sobre el cuerpo. Así como Warwick llega a decir que
el cuerpo es un problema para las capacidades mentales, también ésta era la
opinión defendida en muchas religiones así como en la mentalidad filosófica –y esto
no lo comenta de Prada- de pensadores como Sócrates y Platón. Según este
articulista una de las grandes aportaciones del cristianismo ha sido
precisamente la de la reivindicación del cuerpo, su dignificación, al
entenderlo como obra divina. Una opinión semejante es la que utilizó Galileo
para defenderse ante el Tribunal de la Inquisición: el Universo ha sido creado
por Dios y por tanto merece ser estudiado porque también en él podemos
encontrar la verdad, la verdad científica. Era su idea de la “doble verdad”.
Cuerpo
Escribía
Chesterton que, con frecuencia, las ideas nuevas no son sino el disfraz con el
que se nos presentan los viejos errores de siempre. Pocas veces he tenido
conciencia de la verdad de esta afirmación como leyendo una interesantísima
entrevista de Judith de Jorge a Kevin Warwick, profesor de la Universidad de
Reading, un visionario de la cibernética que ha llegado a implantarse chips en
su propio cuerpo, obteniendo resultados en verdad inauditos: así, por ejemplo,
ha logrado conectar su cerebro con el ordenador de un edificio inteligente; y
también mover desde Nueva York un brazo eléctrico que se hallaba en Inglaterra,
a través de los impulsos eléctricos neuronales. Además, Warwick ha conseguido
–siempre mediante el implante de chips– mantener conectado su cerebro al de su
mujer y enviar señales de un sistema nervioso al otro; la experiencia la
describe el científico como «algo muy íntimo, incluso más que el sexo», y
asegura que «este tipo de comunicación, cerebro a cerebro a través del
pensamiento, será la que exista en el futuro», pues considera que las formas de
comunicación entre humanos que en la actualidad existen –a través del lenguaje
o del contacto físico– son de una pobreza «vergonzosa». Warwick concluye con
una proclama: «El cuerpo humano es un gran problema. Ya no lo necesitamos. Si
pudiéramos deshacernos de él, podríamos vivir mucho más tiempo».
Es
la misma proclama que han lanzado, desde que el mundo es mundo, todas las
religiones 'espiritualistas', empezando por las gnósticas: nuestro cuerpo,
nuestra carne achacosa, este mísero barro del que estamos hechos, expuesto a la
decrepitud y a las debilidades, es un lastre del que pronto nos veremos libres,
para alcanzar una vida más plena en un más allá en el que nuestro espíritu,
liberado de tan pesado fardo, alcance la perfección divina. Por supuesto,
cambia el modo de expresar este anhelo: el espiritualista de antaño hablaba de
alma o espíritu, el materialista de hogaño habla de cerebro o impulsos
eléctricos neuronales; el espiritualista de antaño se refería a un 'más allá'
que residía en la vida de ultratumba, el materialista de hogaño se refiere a un
futuro del que podremos disfrutar en esta vida; el espiritualista de antaño
situaba la plenitud en la fusión de su espíritu con Dios, el materialista de hogaño
piensa que el hombre mismo –o su cerebro potenciado por implantes cibernéticos–
es Dios. Pero el error es exactamente el mismo: el mal y la perdición están
ligados al cuerpo; la salvación está ligada a una experiencia interna (del
espíritu, según el gnosticismo antañón; del cerebro, según el materialismo
hodierno). Por supuesto, el mal y la perdición estaban asociados antaño al
pecado; hoy el mal y la perdición se asocian más bien a la decrepitud, a la
enfermedad, incluso a las limitaciones de nuestras pobres y vergonzosas 'formas
de comunicación'. Pero siempre es el cuerpo el problema del que conviene
deshacerse. Es el viejo error disfrazado con ropajes nuevos, para simular una
idea nueva.
Contra
esta idea tan vieja de considerar el cuerpo una cárcel en la que yacemos
postrados, en espera de una liberación definitiva, se alzó el cristianismo, con
una idea nueva, escandalosa y subversiva. Nuestro cuerpo, tan tentado por las
debilidades, tan acechado por los padecimientos y los achaques, deja de ser un
fardo oprobioso que nos separa de una vida más plena, para convertirse en
recipiente de la divinidad; nuestro cuerpo, cuyo destino aparente es la muerte,
se hace partícipe de la naturaleza divina, aprendiendo que ese destino es un
mero espejismo, un trance a otra vida más plena, que ya no consistirá en la
emancipación del espíritu (o del cerebro), sino en la glorificación de la
carne, convocada a la resurrección. Cuando san Pablo habla en el Areópago,
todas sus ideas sobre la divinidad son fácilmente digeridas por los sabios de
Atenas que lo escuchan (como podría haberlas digerido sin dificultad Warwick,
si en lugar de Dios hubiese hablado san Pablo del cerebro o de los impulsos
eléctricos neuronales); lo que en verdad escandaliza y encrespa a los sabios de
Atenas es que, en ese viaje hacia la plenitud, san Pablo no considera el cuerpo
un 'problema' del que conviene deshacerse, sino que lo encumbra hasta
convertirlo en el recipiente necesario de tal plenitud. El cuerpo, con todas
sus arrugas, michelines, cólicos del riñón, deficiencias cardiorrespiratorias,
humores malolientes, secreciones y excrementos; el cuerpo que se lastima, que
tiembla, que vibra de gozo y de dolor, que se pudre y se muere. Y que, sin
embargo, ha nacido para la gloria. Esto sí que es una idea nueva.
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ABC XL SEM 28.4.13
Por
Juan Manuel de Prada
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