28/2/16

Eco



ECO
Umberto Eco no fue el gran filósofo del siglo XX, pero sí un pensador razonable y decente
UN niño italiano ha inventado un adjetivo para referirse a las flores multifoliadas
( petaloso/petalosa) y los medios y las universidades y la Accademia della Crusca no han dejado de alabar la inventiva lingüística de la criatura, lo que demuestra que tampoco en Italia cabe un tonto más. Se lo habrían puesto fácil a Umberto Eco, que les sacaba chispa a estas cursiladas con pretensiones de sensibilidad o de erudición, pero Umberto Eco, como saben ustedes, murió el pasado 19 de febrero, viernes, a la edad de 84 años. Los periódicos, que tanta lata han dado con lo del petaloso, sólo han retenido de Eco una breve carta dirigida a su nieto, hace unos meses, sobre la necesidad de ejercitar la memoria.

Ochenta y cuatro años, si se sabe aprovechar el tiempo, dan para mucho, y Eco escribió cosas muy variadas. En su temprana juventud trabajó sobre Santo Tomás de Aquino y la estética medieval, que eran también temas favoritos de los aspirantes españoles a doctores en Letras de esa misma época. La diferencia es que los ensayos juveniles de Eco se siguen leyendo con gusto. Hacia el 68, sus indagaciones estéticas sobre la estructura abierta de las obras del arte contemporáneo le llevaron a ocuparse de los problemas del signo y del sentido. Muchos lo consideran el creador de la semiótica, de la ciencia de los signos (o del funcionamiento de los signos en la vida social), pero Eco no fue un innovador rupturista y genial en ese campo, como lo fueron, entre otros, Peirce o Chomsky. Le preocupó más la sistematización de las aportaciones ajenas y la construcción de grandes síntesis accesibles a los públicos de cultura media, en el sentido aristotélico, divulgando lo que otros trataban de encriptar en jergas oligárquicas, o sea, en lenguajes de secta. Por eso cultivó también un periodismo de divulgación que explicaba muy razonablemente los códigos de la cultura de masas o los del terrorismo de las Brigadas Rojas, por ejemplo. Eco fue un hombre de la izquierda liberal, un demócrata que conocía muy bien las trampas del populismo (basta leer su análisis de las novelas de Sue –Socialismo y consolación–para entender la inconsistencia intelectual y la sentimentalidad totalitaria y pegajosa de las ideología s de e saca laña) yunagnós ti coque respetaba la fe de los creyentes sin perder el tiempo en diálogos cristiano marxistas.
Hablar de Eco como de un Tomás de Aquino del siglo XX supone incurrir en una metáfora excesiva, como lo sería definir a Derrida como un talmudista, pero sin duda hay algo de tomista en la aspiración a compilar una gran Summa de la semiótica (y algo de tradición rabínica en la teoría de la deconstrucción). Eco trató de ofrecer a las ciencias humanas –es decir, a las que estudian lo que existe por convención y no por naturaleza– una teoría de teorías, equivalente a lo que las matemáticas habían supuesto para las ciencias duras desde Galileo. Creyó que la semiótica, que era todavía un campo de estudio más que un saber logrado, podría llegar a serlo. Hoy sabemos que se trataba de una ilusión.
¿Cómo se le recordará en el futuro, si es que se le recuerda? Quizá como un novelista, como alguien que renovó, sin proponérselo, la novela histórica, que ha devenido, después de él, una pesadilla literaria de manuscritos misteriosos, abadías, inquisidores malvados, herejes sublimes, templarios y otras tonterías. Pero Elnombredelarosa (1983) no era eso ni se merecía esa descendencia. Como sugiere Jean-Claude Milner, puede que sea el gran relato en clave sobre fracaso del comunismo occidental. Otra cuestión distinta es si ese relato era necesario.
28.2.2016  ABC  JON JUARISTI

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