16/8/16

Tolerancia cero.Guy Sorman



TOLERANCIA CERO
Es incuestionable «Cuanto menos tiempo están en libertad los delincuentes, menos delitos cometen; por tanto, ¿hay que ponerlos en libertad? La izquierda demócrata lo desea, la mayoría de la población, no»
LOS europeos viven angustiados pensando en cuándo se producirá el próximo atentado, pero los doce millones de neoyorquinos, no. Desde la destrucción de las Torres Gemelas en 2001, la ciudad sigue siendo un objetivo, pero se ha mantenido indemne gracias a su policía. Y gracias a esta policía, la criminalidad y la delincuencia no dejan de disminuir. La seguridad empezó a mejorar, en 1994, gracias a William Bratton, que fue nombrado jefe de la policía por el alcalde Rudy Giuliani, y luego por Bill de Blasio. Bratton dejará su cargo en septiembre.

En Nueva York la emoción es grande, porque este policía ha cambiado la ciudad, que era una jungla urbana en los setenta y los ochenta, y se ha convertido en una de las grandes urbes más seguras. Sin grandes discursos, pero con una doctrina, la de la «Tolerancia cero». Su origen se remonta a la década de 1970, cuando Gary Becker, un economista de Chicago, demostró que los delincuentes eran empresarios racionales que calculan sus «golpes» en función del riesgo que corren. Si el riesgo parece demasiado elevado, el delincuente se abstiene de delinquir.
El sociólogo James Q. Wilson tomó el relevo de Becker y extrajo una aplicación de ello, el «cristal roto». Wilson, basándose en hechos cuantificados, concluyó, en 1982, que cualquier incivilidad, por modesta que sea, merece ser sancionada. Resulta que, si lo detienen, el que rompe cristales es a menudo autor de otras fechorías, y que la ejemplaridad de la sanción le disuadirá de proseguir su escalada criminal y disuadirá a sus congéneres de seguir la misma senda. Giuliani fue el primer alcalde que adoptó esta «Tolerancia cero» y Bratton fue el primero en aplicarla. Y, lo que es muy importante, los magistrados locales, elegidos por los ciudadanos, se adhieren a la teoría y no consideran que los delincuentes sean necesariamente víctimas de la sociedad.
Bratton, un licenciado de Harvard, completó el trabajo de Wilson mediante un sistema informático de localización de los puntos calientes de la ciudad, en los que desplegaba a la policía de forma prioritaria. Este sistema, llamado Compustat, se actualiza en tiempo real para emplear de la mejor manera posible unos efectivos limitados. Con la ayuda de Compustat, los policías son más activos en los guetos de Nueva York que en los barrios ricos, al contrario que en las grandes urbes europeas, donde los guetos son zonas sin ley. En dos años, desde 1994 hasta 1996, la delincuencia se redujo a la mitad, y Bratton se convirtió en un héroe y sigue siéndolo. Su éxito no se cuestiona.
El año pasado, se cometieron 400 homicidios en la ciudad, mientras que en 1990 se cometieron 2.200. En ese periodo, el número de robos ha disminuido un 80%, y el de automóviles, un 90. Esta tendencia a la baja se ha atenuado ligeramente desde que Bill de Blasio es alcalde, quizás porque le ha pedido a la policía que sea más permisiva, pero no podemos poner el grito en el cielo por un repunte de la delincuencia como hace la oposición republicana. En comparación con las ciudades europeas, los delitos se han vuelto menos frecuentes en Nueva York, pero, paradójicamente, los delitos con armas de fuego son más numerosos, porque las bandas ajustan sus cuentas con armas que se venden libremente.
La «Tolerancia cero» se aplica en la mayoría de las grandes urbes estadounidenses. ¿Las críticas? No faltan. Los analistas de izquierdas no niegan que la delincuencia haya disminuido, pero lo atribuyen a dos razones que no tienen nada que ver con la policía: el aburguesamiento de las ciudades y la sustitución de la cocaína, que «excitaba», por la heroína, que «tranquiliza». Estas evoluciones explican, en parte, el vuelco de la situación, pero sin la «Tolerancia cero», el resultado sería menor. Una crítica más severa: EE.UU. tiene el récord de encarcelaciones en el mundo occidental. Es indiscutible: cuanto menos tiempo están en libertad los delincuentes, menos delitos cometen. Por tanto, ¿hay que ponerlos en libertad? La izquierda demócrata lo desea, la mayoría de la población, no.
El temor inmediato de los neoyorquinos es que con la marcha de Bratton se abandone la «Tolerancia cero». Otra crítica: la «Tolerancia cero» y Compustat están dirigidos supuestamente contra los negros. Pero la policía es del color de la ciudad, porque Bratton ha procurado que las contrataciones reflejen la composición étnica de las zonas vigiladas. ¿Se detiene a los negros con más frecuencia que a los blancos? Dos tercios de los delitos violentos son cometidos por afroamericanos, que representan el 23% de la población urbana. Los afroamericanos, en proporción a su responsabilidad delictiva, están infrarrepresentados en las cárceles, ya que, estadísticamente, un blanco que comete un delito tiene más posibilidades de ser encarcelado que un negro. Sin duda, los policías y los jueces se muestran especialmente atentos para que no se les tache de racistas, y los medios de comunicación no les perdonan ningún abuso.
Lo que también caracteriza a Nueva York es lo mucho que la estrategia policial es objeto de debate, algo que no sucede en Europa, donde nos encomendamos a los poderes públicos.
Le pregunté a William Bratton cuál creía que era la mejor estrategia contra el terrorismo. Y me aseguró que solo la infiltración y la información son útiles. El resto, como el despliegue de militares en la calle, es un teatro que tranquiliza a la población, pero no disuade a los terroristas.
15 ago. 2016  ABC  GUY SORMAN

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