22/12/12

Triunfo del Cristianismo


Creación de las estrellas y los planetas, Michelangelo Buonarroti. Capilla Sixtina
EL TRIUNFO DEL CRISTIANISMO

« Nació como una religión universal, con un solo Dios y un mensaje nuevo, de amor, redención, fraternidad y devoción; se dotó de instituciones eficaces y desarrolló una exitosa estrategia de evangelización a través de monasterios y abadías, modelos de vida piadosa y conducta ejemplar. El triunfo del cristianismo fue consecuencia de su dinamismo espiritual y doctrinal»


En el conflicto entre cristianismo y paganismo en el siglo IV, Arnaldo Momigliano recordó que el «mundo», al adquirir una nueva religión a partir del Edicto de Milán del año 313 del emperador Constantino, tuvo que aprender una nueva historia. El nacimiento de Cristo, y no la fundación de Roma, devino el acontecimiento capital de la Humanidad, la fecha fundamental para la datación de años, siglos y acontecimientos. Al hacer de la llegada de Cristo el hecho esencial del destino del mundo –San Agustín en La ciudad de Dios, c.413-26– y diferenciar entre historia antes y después de Cristo, el cristianismo impuso, en efecto, una visión lineal y no cíclica del mundo, y dio razón del hombre y de su presencia en la Tierra.

Ciertamente, la expansión del cristianismo fue lenta y problemática. Los francos se convirtieron a fines del siglo V; los visigodos (Recaredo), en el año 587; anglo-sajones, irlandeses, escoceses, lombardos y eslavos, a lo largo de los siglos V a VIII; los rusos, en el 989. Su historia, jalonada en sus primeros siglos por continuas y graves disputas teológicas y doctrinales (sobre la divinidad de Cristo, el culto a los santos, las imágenes, los ritos, la gracia,…), fue complicada, difícil. El Cisma de Oriente provocó en 1054 la ruptura irreversible entre católicos y ortodoxos.

Con todo, la historia del cristianismo tuvo mucho de asombroso: de secta minoritaria, y objeto de brutales persecuciones todavía en los siglos III y IV, a religión oficial del Imperio en el año 391, y a religión, luego, tanto del Imperio Bizantino como de Europa occidental y central, como sancionó la coronación de Carlomagno como Emperador de Romanos por el Papa León III en la Navidad del 800. La protección de Constantino le conquistó el Imperio Romano. El Imperio Bizantino (479-1453) –religión ortodoxa, cultura griega, derecho romano– hizo del cristianismo la religión oficial, y de la Iglesia Ortodoxa, un poder legitimador del Estado bajo la protección del Emperador. Pipino el Breve, rey de los francos, creó (año 756) los Estados Pontificios –Roma, el exarcado de Rávena y la «marca» de Ancona–, en el marco de una alianza entre el Papa y la dinastía carolingia (que culminó con Carlomagno) decisiva para la cristiandad occidental.

El triunfo del cristianismo no fue, sin embargo, un hecho político. El Papado aspiró siempre a ejercer el poder espiritual sobre la Cristiandad, libre de injerencias de todo poder político y laico, incluido el poder imperial, y a asegurar la independencia y soberanía de los Estados Pontificios. La separación entre Iglesia y Estado –un hecho capital para la organización de los estados occidentales– no se consolidó sino después de largos y gravísimos conflictos, como la querella de las Investiduras entre el Papado y el Imperio Germánico (excomunión del emperador Enrique IV por el Papa; deposición de Gregorio VII por el emperador), desencadenada cuando Gregorio VII prohibió en 1074 que los clérigos pudieran recibir cargos de los laicos; o como la lucha en Italia en los siglos XII y XIII entre el Pontificado y el Imperio, regido ahora por los Hohenstaufen. El arzobispo de Canterbury, Thomas Becket, fue asesinado en 1170 en su propia catedral por orden del rey Enrique II, por defender las libertades de la Iglesia frente a las pretensiones abusivas del poder real.

El triunfo del cristianismo fue consecuencia ante todo de su propio dinamismo espiritual y doctrinal. El cristianismo, cuyo fundador, Jesucristo, era una figura histórica conocida por los fieles por los escritos de sus discípulos, nació como una religión universal, con un solo Dios y un mensaje nuevo, de amor, redención, fraternidad y devoción. Su práctica conllevaba la celebración regular de cultos y rituales colectivos que mantenían la fe: el bautismo, el Credo, la eucaristía, la lectura de los Evangelios, la misa. El cristianismo se dotó enseguida de organización e instituciones eficaces (papas, concilios, patriarcas metropolitanos, obispos, sacerdotes), y desarrolló una exitosa estrategia de expansión y evangelización, reforzada por la memoria y el culto de santos y mártires, cuya pieza fundamental fueron monasterios y abadías, surgidos en los siglos IV y V como modelos de vida piadosa y conducta ejemplarizante: trabajo, pobreza, castidad, oración.

El cristianismo fue una nueva moral, una nueva cultura. La traducción de los Evangelios al latín (San Jerónimo, siglo V) dio a la Cristiandad un lenguaje universal. La obra de los primeros «doctores» de la Iglesia –San Ambrosio, San Agustín, San Juan Crisóstomo–, que sistematizó la Teología y las enseñanzas cristianas, le dio una doctrina sustantiva. El pensamiento de San Agustín (354-430), que se ocupó de la Trinidad, la gracia, la predestinación, el mal y el libre albedrío, el matrimonio, el sacerdocio y la sexualidad, suponía una nueva espiritualidad, ya muy alejada del mundo greco-romano, que hacía del cristianismo una filosofía de salvación mediante la redención del hombre por el sacrificio de Jesucristo en la cruz. Los papas San León Magno (440-461) y San Gregorio Magno (592-604) supieron afirmar su autoridad, delimitar la jurisdicción eclesiástica, definir los principios y prácticas litúrgicas de la Iglesia, y mantener Roma bajo su control, hecho capital en el fortalecimiento del Papado. La aparición y expansión del Islam a partir del año 622 supuso una grave amenaza. Pero, al tiempo, reforzó la identidad de la Cristiandad, fijó sus fronteras y hasta le dio un objetivo: la recuperación de Tierra Santa. El Imperio de Carlomagno, nieto de Carlos Martel, el noble franco-germano que detuvo la expansión árabe en Poitiers en el año 732 –un imperio, como veíamos, cristiano-romano-germánico–, abarcó casi toda Europa occidental. León IX (1049-54) y Gregorio VII (1073-85), dos papas enérgicos, hicieron resurgir el Papado –tras el siglo nefasto que para la institución había sido el siglo X– mediante la exaltación de los ideales religiosos, reformas de la vida eclesiástica y monástica, y la afirmación del poder del Papa sobre la Iglesia y frente al poder imperial. Con Inocencio III (1198-1216), que aplastó la herejía de los albigenses en el sur de Francia y aprobó las órdenes religiosas de franciscanos y dominicos, la Iglesia se constituyó ya como una verdadera teocracia pontificia.

EL triunfo del cristianismo fue, pues, indiscutible. A partir del siglo IX, miles de peregrinos recorrerían Europa en pos de localidades, como Santiago deCompostela, la propia Roma, Colonia o Canterbury, que guardaban reliquias (el cuerpo de un apóstol, fragmentos de la Cruz,…) de especial veneración para los cristianos. Para el historiador del arte Gombrich, la expansión del arte románico entre los siglos X y XIII –miles de iglesias y monasterios a lo largo de la Cristiandad occidental– revelaba la existencia de una «Iglesia militante». Monasterios y abadías eran, hacia el año 1000, los verdaderos centros de la cultura en Europa.

ABC  22.12.12  Juan Pablo Fusi

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