7/1/13

Pitágoras. Biografía



Pitágoras es el primero de la izquierda, escribiendo ("La Academia de Atenas", de Miguel Ángel)

Alberto Bernabé, en el ABC Cultural del 24.12.12, publica un comentario sobre un libro (David Hernández de la Fuente, Vidas de Pitágoras) centrado en Pitágoras. Sus palabras nos pueden servir para hacernos una idea sobre el filósofo, matemático y místico.

Todas las vidas de Pitágoras

Pocos personajes de la Antigüedad se nos presentan con perfiles tan variados y contradictorios como Pitágoras. Autores del arcaísmo tardío y de comienzos de la época clásica, entre los siglos VI y V antes de Cristo, como Heráclito, Empédocles y Heródoto, nos legaron ya sobre él juicios admirativos o denuestos, encomios de su sabiduría o acusaciones de falsedad. Empédocles, el poeta-filósofo de Acragante (Agrigento) del siglo V a. C., se refiere a él como un verdadero modelo de sabio, mientras que Dicearco, un filósofo peripatético de los siglos IV-III a. C., describe el poderoso atractivo del personaje y la expectación que produjo a su llegada a Crotona: «Pitágoras apareció como un hombre extraordinario, que había visitado muchos lugares, dotado por la fortuna de peculiares dones naturales, de aspecto noble, [...] con gran elegancia en el hablar, en sus maneras y en todo lo demás». 
Frente a esta imagen tan positiva, el filósofo Heráclito (que vivió entre los siglos VI y V a. C.) habla de él con un inmenso desprecio, ya que lo considera poseedor de conocimientos tan abundantes como inútiles, ajenos, por no decir plagiados, e incluso perniciosos. Y todavía peor es la acusación de superchería que cayó sobre él, nacida sin duda de sus detractores. Hermipo, un filósofo peripatético del siglo III a. C., autor de una biografía perdida de Pitágoras, cuenta que se hizo construir una habitación subterránea y se encerró en ella tras haberle encargado a su madre que anotara todo lo que pasara mientras él permanecía dentro. Tiempo después, Pitágoras reapareció, pálido y demacrado, y acudió a la Asamblea diciendo que regresaba del Hades. Como demostración les leyó todo cuanto había ocurrido durante su ausencia. De este modo se granjeó una gran fama de hombre extraordinario. Así pues, Pitágoras podía ser admirado u odiado, elogiado o denostado, pero desde luego a nadie dejaba indiferente.
Los seguidores de Pitágoras se basaban en principios filosóficos y religiosos –en la época lo religioso y lo filosófico no se habían deslindado aún con claridad–, y en la proclamación de absoluta fidelidad a las ideas del maestro. Por otra parte, y desde un primer momento, mostraron gran interés por intervenir activamente en la política, por participar en las luchas por el poder en las ciudades en las que se encontraban. Así lo hicieron en Crotona, hasta que un ciudadano llamado Cilón, del que alguna tradición cuenta que intentó entrar en el grupo pero fue rechazado, incitó a la multitud de los crotoniatas contra los pitagóricos y logró expulsarlos de la ciudad. Pitágoras tuvo que huir de Crotona y refugiarse en Metaponto, donde acabaría sus días. Con todo, la muerte de Pitágoras no representó ni mucho menos la desaparición de su escuela; por el contrario, las enseñanzas pitagóricas continuaron su curso con altibajos a través de la Historia y en diversos lugares de Grecia hasta alcanzar un nuevo florecimiento, que llamamos neopitagorismo, entre los siglos II a. C. y II d. C.
Una serie de factores dificulta nuestro conocimiento de datos precisos sobre el maestro, sus discípulos y los contenidos de la doctrina. En primer lugar, no se ha conservado ninguno de los escritos de Pitágoras y, ya desde la Antigüedad, diversos autores aseguran que no escribió nada. De hecho, Aristóteles nunca habla de obras de Pitágoras, sino que se refiere a los pitagóricos, como un bloque. En segundo lugar, los miembros de la escuela estaban obligados a guardar silencio sobre las enseñanzas del maestro, por lo que solo trascendía al exterior una pequeña parte de las ideas que preconizaban. En tercer lugar, se desarrolló desde muy pronto entre los pitagóricos la tendencia a atribuir al maestro no importa qué teoría nacida no importa cuándo en el seno del grupo, a lo largo de la Historia.
Pitágoras se convirtió desde bien pronto en un nombre de prestigio, por lo que pitagóricos posteriores preferían difundir sus teorías como si fueran del filósofo de Samos en lugar de mostrarlas como propias para que se vieran así protegidas por su reputación. Ello fue posible, además, porque las aportaciones novedosas se integraban en unos esquemas de pensamiento comunes dentro de una tradición propia; desde las menciones de Aristóteles, las aportaciones de los pitagóricos se ven como un todo coherente, en el que es más que difícil trazar la cronología y el autor de cada uno de los principios propuestos. En cuarto lugar, los pitagóricos fueron con frecuencia confundidos desde las primeras menciones con otro grupo que desarrolló ideas semejantes: los órficos. La confusión ha perdurado en nuestro tiempo, en que sigue siendo frecuente hablar de creencias órfico-pitagóricas como si constituyeran un continuum inextricable. Por último, a la fama de Pitágoras como hombre sabio, gran conocedor de las matemáticas y de otras ciencias, y maestro de una escuela destinada a tener una larga vida en la Historia de la filosofía, se le unió desde muy pronto una sólida constelación de rasgos maravillosos, en especial de capacidades sobrehumanas.
Esta combinación de cualidades puede resultar chocante para la visión moderna de lo que es un filósofo, pero en la Antigüedad (especialmente en la Antigüedad tardía) no solo no eran incompatibles, sino que incluso contribuían a acrecentar el prestigio del personaje. Otros autores, como Empédocles, fueron también muestra de una ambivalencia similar entre el hombre prodigioso y el filósofo.
Los investigadores modernos se encuentran, pues, a la hora de estudiar a Pitágoras, con un batiburrillo de noticias diversas, a menudo confusas, a veces contradictorias y difíciles de estructurar y de valorar adecuadamente (…)
Es llamativo el hecho del gran número de biografías que se consagraron a Pitágoras. En su inmensa mayoría, las biografías escritas por los griegos antiguos –no solo las de Pitágoras, sino cualesquiera otras– no se basaban en datos fidedignos, sino que a menudo se extrapolaba a la vida del personaje alguna referencia de sus escritos; en otras, sencillamente, se llenaban los vacíos en la información con una buena dosis de imaginación. Por ello estas biografías tienen en general un valor escaso como documentos históricos.
En el caso de Pitágoras, dado que la vida del personaje suele situarse entre los siglos VI y V a. C., y teniendo en cuenta además que no ha quedado de él un solo escrito, puede suponerse en qué medida desciende la fiabilidad de las noticias recogidas en estas vidas, escritas muchos siglos después, sobre todo porque el principal propósito que anima a la mayoría de ellas es el «hagiográfico», es decir, se proponen más bien presentarlo como una figura extraordinaria. Sin embargo, no por ello tales biografías deben ser desdeñadas, ya que hay muchas maneras de reflejar la realidad, y una de ellas – que se da de manera muy significativa en el caso de Pitágoras– es presentar con fidelidad la imagen que los griegos tenían del personaje, una información que para nosotros es tanto o más importante que los datos históricos (…)
(…) las interpretaciones modernas sobre Pitágoras oscilan entre su consideración como una figura religiosa y los defensores de su carácter científico. En efecto, Pitágoras se presenta como un sabio que abarca un espectro amplísimo de saberes; unos que podemos considerar humanos e históricos, algunos de ellos teóricos, como los conocimientos filosóficos o matemáticos, que le permitieron postular su famoso teorema, y otros prácticos, como la capacidad de organizar una secta con actividades políticas que consiguió hacerse con el poder en algunas ciudades; al lado de ellos, también saberes sobrehumanos y legendarios, como la capacidad de estar en dos lugares a la vez, el conocimiento del lenguaje de los animales y otras habilidades maravillosas por el estilo. En medio de unos y otros, su condición de líder religioso, ya que la secta se basaba en creencias en la reencarnación y en la inmortalidad del alma (…)
Por otra parte, se atribuye a los pitagóricos (en especial desde Aristóteles) una elaborada teoría del número; el filósofo descubre las proporciones matemáticas que están en la base de la música, y tiene una visión matemática del mundo, según la cual la realidad se reducía en última instancia a números. También procede de los pitagóricos la creencia en la armonía de las esferas, que trasladaba al movimiento de los planetas la idea de las proporciones numéricas según la cual se ordena el mundo y se consideraba que las esferas de los planetas producían al desplazarse una música cuyos intervalos se correspondían con las distancias entre ellas. La armonía de las esferas fue una creencia generalizada durante años, en la que aún creía Kepler, a finales del siglo XVI. Así pues, ciertas doctrinas de Pitágoras y sus seguidores traspasan la Historia, crecen, se desarrollan, informan el pensamiento de Platón, el neoplatonismo, el Renacimiento (…)       
Alberto Bernabé 
ABC Cultural 24.11.12

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