2/1/13

Los intelectuales y el poder



Monika Zgustova en el diario El País reflexiona sobre el papel de los intelectuales  ante las circunstancias políticas que les toca vivir. Se centra en Solzhenitsyn, en la actitud de otros intelectuales hacia él, en la actitud de los medios de comunicación así como la del poder político de la Unión Soviética. Somos ya muchos los que hoy tenemos una opinión positiva hacia Solzhenitsyn, los que admiramos su valor y su lucidez.

El artículo de  Monika Zgustova nos puede ayudar a profundizar en aspectos importantes de la historia como el de los campos de concentración soviéticos –y a recordar que en estos campos murieron millones de personas- , en la idea creada por Solzhenitsyn del gulag, en la actitud del poder –principalmente si es totalitario- ante las opiniones críticas, en la de ciertas personas que armándose de valor plantan cara a pesar de su soledad, en la de la mayoría de los intelectuales que se someten y se convierten en cómplices del poder político o en la actitud de la mayoría de la población que acaba sosteniendo el sistema. Según Monika Zgustova parece que el esfuerzo de Solzhenitsyn no ha dejado huella y no encontramos continuadores de su actitud. ¿Qué se puede hacer ante una situación así? ¿Cómo impulsar una actitud crítica contra un poder totalitario o contra los abusos del poder? Cuando en el libro de Hans Fallada, Solo en Berlín, el protagonista, Otto, descubre, tras ser detenido, que todo su esfuerzo ha sido inútil porque sus postales de denuncia no han llegado prácticamente a nadie, es cuando decide dejar de prestar resistencia, aunque, sin embargo, dice que volvería a hacer lo mismo porque es una cuestión de dignidad. En relación a la actitud de los intelectuales españoles, cuando Solzhenitsyn estuvo en nuestro país, uno de ellos, de gran renombre, llegó a decir, que los soviéticos deberían haberse asegurado de que gente como él no pudiera salir nunca de un campo de concentración. Opiniones y actitudes como ésta que tuvo que soportar Solzhenitsyn expresan una gravísima inhumanidad y una miseria moral extraordinaria.

¿Quién se atreve a decir la verdad al poder?
Solzhenitsyn no tuvo el eco que merecía y tampoco hay voces críticas que le sigan
Hace exactamente 50 años, la novela de Solzhenitsyn Un día en la vida de Ivan Denisovich, que describe una jornada en un campo de trabajos forzados estalinista, irrumpió en el escenario ruso e internacional como un castillo de fuego en el cielo oscuro. Su publicación fue posible gracias a la tímida apertura política de la era Jrushchov. En aquel entonces los rusos sabían que existían campos de concentración porque conocían a personas que habían estado encerradas en ellos. Pero nadie había leído el testimonio directo de uno de esos presos.
Los millones de rusos que habían pasado por esos campos apreciaron la valentía del autor pero le echaron en cara la suavidad y benevolencia del testimonio. En Occidente, en cambio, el tema del gulag era prácticamente inédito y el libro causó sensación.
En los años 60, la prensa occidental comparó a Solzhenitsyn con Dostoievski y Tolstoi. En 1970 le otorgaron el Nobel de Literatura. Eran los tiempos de la guerra fría y el mundo occidental sabía sacar provecho de los males soviéticos. Tras la publicación en Occidente, en 1973, de Archipiélago Gulag, un detallado y potente tratado acerca del sistema penitenciario bajo Stalin, el gobierno conservador de Brezhnev no soportó que un intrépido le desafiara con su crítica y echó al escritor al destierro.
Una vez exiliado en los Estados Unidos, la estrella de Solzhenitsyn empezó a palidecer. A pesar de que uno de los grandes diplomáticos e intelectuales estadounidenses, George Kennan, afirmara que Archipiélago Gulag era “la acusación más poderosa de un régimen político que jamás se haya puesto en manifiesto en los tiempos modernos”, los intelectuales norteamericanos se centraron más en la postura de Solzhenitsyn hacia la política y la sociedad contemporánea y la juzgaron poco políticamente correcta.
Solzhenitsyn iba cayendo en desgracia irreparablemente a los ojos de la comunidad intelectual occidental. Los intelectuales españoles, respetuosos entonces con el comunismo por su lucha antifranquista, trataron a patadas al escritor ruso cuando en los años setenta visitó Madrid. En los noventa se habló de él como si de un payaso se tratara; medios como The New York Times Book Review y Wall Street Journal se refirieron a él como a “ese dinosaurio político irrelevante” o “ese eunuco castrado por su fama”. Tras la vuelta de Solzhenitsyn a su patria, el especialista británico en la cultura rusa Orlando Figes escribió en 1994 en el Times de Londres: “La mayoría de nosotros nos alegramos al verle la espalda cuando regresó a Rusia”.
Los únicos que no solo se tomaron a Solzhenitsyn en serio sino que aprendieron su lección, en repetidas ocasiones le invitaron a participar en mesas redondas y debates televisivos y tras su testimonio generaron El libro negro delcomunismo; crímenes, terror, represión, fueron, curiosamente, los franceses.
Tampoco la intelligentsia rusa le apreciaba mucho, porque Solzhenitsyn sostenía que los intelectuales rusos fallaron en lo más esencial: hablar acerca de las víctimas de la represión totalitaria. “La intelligentsia se convirtió en parte del sistema”, dijo no sin razón: en comparación con los muchos e influyentes disidentes de los países satélites (Adam Michnik, Vaclav Havel, Gyorgy Konrad y otros), los rusos eran pocos y mal organizados.
Tampoco en la Rusia de hoy, en la que, por autocrática que sea, el gulag ha dejado de existir, no hay disidencia organizada que desafíe al poder del Kremlin de modo activo y sistemático. Por más que lo deseara, Solzhenitsyn no creó discípulos en su país. Rusia sigue generando individuos valientes, como lo fue Anna Politkóvskaya, pero no dejan de ser voces individuales. Tras el asesinato de la periodista no se produjeron manifestaciones masivas. Más bien al contrario: después de su muerte, Putin afirmó que los libros de la periodista tenían un mínimo impacto en Rusia, y desgraciadamente tuvo razón: el país estaba sordo a su voz.
Tampoco se organizaron protestas masivas tras el encarcelamiento del grupo musical PussyRiot, como no las hay en apoyo a Mijail Jodorkovski, ese magnate encarcelado a quien el Nobel de la Paz Elli Wiesel llamó “el prisionero político de Putin”. Muy pocos en la Rusia actual hablan del manifiesto retorno a muchos métodos comunistas con un antiguo miembro de la KGB como presidente. Pocos se rebelan contra el hecho de que los últimos libros de historia escolares proclaman que la Unión Soviética, aunque no exactamente una democracia, fue un ejemplo de la mejor y la más justa sociedad para millones de personas en el mundo entero.
Pero tampoco en Occidente sobran las voces críticas. Se han escrito toneladas de libros sobre el fallecimiento de nuestra clase intelectual. La imposición de la corrección política y la excesiva especialización académica han hecho mucho daño al discurso mediático y a la enseñanza universitaria. En estos tiempos oscuros sería decisivo para todos que lúcidos e intrépidos Solzhenitsyns pusieran su dedo en la herida y sacaran del anonimato la multitud de destinos individuales pulverizados por los desmanes del poder político, financiero y económico.

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